Este pequeño país del Sudeste Asiático es conocido por una de las maravillas más visitadas del mundo: las ruinas de Angkor, un impresionante conjunto de templos y palacios recuerdo de una civilización extinguida: los Jemeres, que dominaron durante los siglos IX y XIV gran parte del territorio que hoy ocupan países como Tailandia, Vietnam y Laos. Este impresionante complejo de santuarios hoy constituye una de los principales atractivos turísticos del país por su importancia monumental, histórica y artística.
Pero Camboya no solo es Angkor, cada vez más turistas están descubriendo este paraíso de playas vírgenes e islas solitarias y disfrutan de la animada vida nocturna de la frenética ciudad de Phnom Penh, capital y motor económico del país. Viajar a Camboya es iniciar una aventura al corazón del Sudeste Asiático. Es un recorrido en el tiempo y en la historia. Un viaje interesantísimo que nunca dejará indiferente al viajero.
La época ideal para viajar es entre noviembre y febrero, cuando las lluvias dan tregua y el calor no es excesivo. Se puede llegar en avión al aeropuerto de Phnom Penh desde Bangkok o algún otro país vecino en vuelos muy baratos pero no hay ninguna conexión directa desde España u otro país europeo. Se necesita un visado que se tramita en el mismo aeropuerto, conviene llevar fotografías recientes y dólares de más, pues nunca se sabe cuánto están dispuestos a sacarte las autoridades... Es obligado saber que hay un alto nivel de corrupción en todo el país y que hay que andar con ojo sobre todo en aduanas e instituciones burocráticas. El riesgo de timo aduanero aumenta si el paso fronterizo se realiza por tierra. Una forma de evitar posibles asaltos a tu bolsillo es tramitar el visado online.
En Phnom Penh hay pocos lugares señalados para visitar y lo normal es que los viajeros pasen aquí solo un día o incluso unas horas antes de partir al interior del país. Sin embargo, después de acudir a los principales lugares de interés turístico como el Palacio Real, la Pagoda de Plata, la prisión de Tuol Sleng o algunos de sus animados mercados, merece la pena quedarse un par de días para poder captar la esencia de la ciudad y disfrutar de la bulliciosa vida de sus calles. Por las tardes, cuando baja el calor, los ciudadanos se reúnen en parques o a orillas del Mekong a pasear, sentarse en el suelo, jugar con los niños, practicar deportes o bailar en grupo. Sin duda es una ciudad divertida aunque solo sea para observar y dejarse llevar.
Al oeste de Phnom Penh, en el Golfo de Tailandia, se encuentra Sihanoukville, el lugar más famoso de la costa camboyana donde el viajero se puede relajar fácilmente en sus playas de fina arena y aguas tranquilas con toda la comodidad absoluta que se puede desear en vacaciones. Las playas se van animando a lo largo del día con vendedores abundantes de comida y bebida y , por la noche, los chiringuitos de madera encienden sus velas y se van llenando de viajeros relajados que degustan frescos pescados locales y cervezas a buen precio.
De vuelta, en Phnom Penh, podemos coger un autobús para llegar a la provincia de Battambang. Coger un autobús en Camboya, además de una forma de transporte, es una actividad imprescindible para conocer los gustos musicales locales (y aprenderlos de memoria) ya que ponen vídeos con karaoke durante todo el trayecto sea de ocho o de quince horas. Es muy recomendable llevar tapones para los oídos y un jersey para protegerse del aire acondicionado.
La provincia de Battambang está en el noroeste, muy cerca de la frontera con Tailandia. Es un lugar muy especial para conocer de cerca como viven las comunidades rurales del país. Por los alrededores de la ciudad de Battambang se puede pasear entre arrozales, plataneras, mangos, papayos y viñedos. Los habitantes de esta región le sonríen al presente y son muy amables con los turistas que se acercan a conocer el modo de vida de una sociedad eminentemente pobre y rural pero que lucha por salir adelante a pesar de su sangriento pasado. Durante cinco años, entre 1975 y 1979, Camboya sufrió una trágica represión a manos de los Jemeres Rojos y más de un tercio de la población fue asesinada. En estos alrededores, en concreto cerca del templo de Wat ek Phnom, se puede visitar una cueva donde los Jemeres Rojos arrojaban los cadáveres de los camboyanos. Todavía se conservan esqueletos y calaveras con agujero en la frente. Es inquietante y triste, pero importante para conocer de cerca la historia de este país. La cueva está custodiada por un Buda tumbado que vela, en actitud cansada, por los restos humanos.
Desde Battambang se puede coger un barquito hasta Siem Reap, capital de las ruinas de Angkor y ciudad donde el viajero se debe detener para visitar las ruinas Jemeres. El viaje en barco merece la pena ya que a lo largo de ocho horas se atraviesan pueblos flotantes donde se pueden ver las casas construidas sobre el río y como la gente vive en ese curioso exilio acuático.
Siem Reap es una ciudad moderna en medio de la jungla donde el turismo es el principal motor de abastecimiento. La ciudad está plagada de hoteles de lujo, restaurantes, tiendas, centros comerciales, bancos, spas… en definitiva una ilusión en medio de Camboya. Esta ciudad también tiene aeropuerto y a él llegan cientos de turistas cada día para visitar los templos. El clásico recorrido por Angkor se debe hacer como mínimo en tres días para poder disfrutar de las maravillas que ofrece esta exhibición de templos. Pasear por aquí es como sumergirse en un mundo onírico donde se mezclan diferentes simbologías: elementos de clara influencia hindú convertidos en santuarios budistas.
Aunque puede resultar cansado ver tantísimos templos en tan pocos días no se deben dejar de visitar Angkor Wat , al amanecer, cuando los tonos anaranjados del cielo se entremezclan con los ocres de la imponente fachada creando una colorido lienzo, Bayón y sus impresionantes caras talladas y Ta Prom, donde los árboles devoran las piedras creando un escenario de cuento y fantasía.
Camboya es un país distinto a cualquier otro que no solo destaca por la belleza de sus ruinas. Su acentuada personalidad se comprende mejor si se conoce un poco su historia, pero, aún así, el viajero se sentirá hechizado desde el primer momento por la belleza de su naturaleza y por la vitalidad contagiosa de los camboyanos, siempre dispuestos a recibirte con una sonrisa.