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Personas que han estado en Manila

Manila

Artículo escrito por: Guillem Martinez Pujol

La capital de Filipinas se sitúa al oeste de la isla de Luzón, en una bahía que lleva su nombre. Aunque el archipiélago es un país sencillamente excepcional, de paisajes abrumadores, el viajero tiende a ver Manila como un destino menor, casi de paso, lo que puede llegar a ser un error grave.

De entrada, la ciudad sufre al no tener un centro definido. En una metrópolis que a diario crece en tamaño y población, el caos preocupa cuando el visitante no sabe exactamente dónde ir para encontrar la esencia de Manila.

Lo más lógico y recomendable es empezar por el barrio de Intramuros. Ubicado en la mitad norte, recoge los restos amurallados más importantes de la colonización española del país. La zona se empezó a construir en 1571 y, hasta la derrota española, a finales del siglo XIX, fue el centro neurálgico de Manila.

Entre otros monumentos recomendables, la Catedral de Manila y el Baluarte de San Diego son dos de los más vistosos. Lo mejor es pasear por las calles y ver la decadencia de unos edificios que, hace tiempo, fueron preciosos. Sin embargo, entre el escaso cuidado de las autoridades filipinas y los problemas históricos (en la Segunda Guerra Mundial, Manila fue una de las ciudades más bombardeadas del mundo) la sensación es que su mejor momento ya ha pasado. Por cierto, las rutas son mejores con la luz del sol, ya que por la noche algunas zonas de Intramuros son poco recomendables.

Otras dos zonas imprescindibles de la ciudad son Binondo y Quiapo, pero por motivos distintos.

Binondo, un antiguo asentamiento español, alberga en la actualidad el “Chinatown” de Manila, uno de los más populosos del mundo fuera de China. En este distrito se mezclan las iglesias católicas, templos budistas y las tiendas de oro. La impresión que da es la de encontrarse en otro país alejado de Filipinas.

Por su parte, la estrella de Quiapo es el Nazareno Negro, una escultura de Jesucristo a tamaño real situada en la basílica homónima y a la que millones de filipinos le profesan devoción casi ciega. Las dos procesiones anuales en su honor (una a principios de enero, otra en Semana Santa) son un espectáculo arriesgado por la cantidad desmesurada de fieles que se congregan. En Quiapo también se encuentran algunos de los mejores mercados callejeros de Manila: desde herbolarios o artesanía local a electrónica o productos militares del ejército local.

A pesar de que existe una incipiente red de metro elevado y de que hay un gran número de taxis, la mejor manera de moverse por el tráfico eternamente intenso de Manila es en “jeepney”, una camioneta de pequeño tamaño, colorida, barata y con rutas a prácticamente cualquier punto de la ciudad. Tan fácil como asomarse al conductor, preguntar y subir si interesa.

Un apunte muy útil es que en Manila no hay que agobiarse: la gente es muy abierta, está dispuesta a ayudar en cualquier momento al turista y, básico, tiene un dominio muy alto del inglés porque es lengua oficial del país junto al tagalo.

Para tomarse un respiro, los distritos de Ermita -ordenado, de estilo más americano y repleto de edificios gubernamentales- y Malate –concentra gran cantidad de sedes de empresas y multinacionales, así como una amplia lista de bares, restaurantes y discotecas para todo tipo de bolsillos- son muy agradables.

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