El Reino de Tailandia es el destino más popular del Sudeste Asiático y se pueden encontrar multitud de razones para justificar su importancia. “El país de las sonrisas” -así se define en su eslógan turístico- atrapa a cualquier tipo de viajero: desde el mochilero recorre-caminos, pasando por los buscadores de lo exótico y la selva, hasta el enganchado a los resorts playeros.
El país es consciente de la fuente de riqueza que supone el turismo y se facilita todo, empezando por el visado, realizable a la llegada sin problemas y de manera gratuita, válido para un período de 30 días. Lo que no puede controlar Tailandia, pero sí sufrir el visitante es el clima. Es muy recomendable evitar los monzones de otoño, desde finales de agosto hasta octubre. La mejor época, en cambio, va de diciembre a marzo, con temperaturas más suaves.
Por otro lado, no hay que preocuparse por la inestabilidad política del país: las recientes revueltas y disturbios son de carácter interno y no afectan en nada al visitante (cualquier tailandés sabe que el turismo es la gallina de los huevos de oro en el país y nadie quiere molestarla).
Como capital, ciudad más importante y prácticamente central en su ubicación geográfica, Bangkok es el inicio y final de casi cualquier ruta por Tailandia. La ciudad es un hervidero de vida que parece no pararse nunca. Realmente, los turistas llevan casi una vida aparte de la población, con enclaves entregados a los extranjeros. Es el caso de Khaosan Road, una animadísima calle repleta de hostales baratos, pubs y discotecas, o de otras zonas, como Patpong, sólo hábiles para aquellos que buscan perderse en la noche. Paradójicamente, Bangkok también reúne algunas de las mejores muestras de wats (templos) budistas. Por su tamaño y espectacularidad, el intrincado Gran Palacio, el Wat Pho -con el buda reclinado más grande del mundo- y el enorme Wat Arun son imprescindibles, a pesar de las colas.
Hay que tener cuidado con los transportes, los bangkoqueses son rivales duros y curtidos para los regateos de precio.
Sin irse lejos de Bangkok, otro punto mayor de interés en Tailandia es Ayutthaya, la sobrecogedora antigua capital del reino de Siam y declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Hacia el norte, los viajes acostumbran a tener como destino Chiang Mai, una preciosa ciudad rodeada de verde, sorprendente por sus paisajes salvajes e ideal para excursiones de senderismo y para conocer a los elefantes, los animales que son el símbolo del país. La zona de la frontera hacia Laos es, sencillamente, asombrosa.
El noreste del país pasa desapercibido en las guías, en teoría porque no presenta grandes nombres. Es precisamente esta discreción la que lleva al viajero más intrépido a sumergirse en la zona más rural y pobre de Tailandia, pero también más auténtica. Una excursión en todoterreno por la noche en el parque nacional Khao Yai deja sin habla.
En la mitad sur del país, los kilómetros de playa se suceden inacabables, tanto en el mar de Andamán (oeste), como en el golfo de Tailandia (este). Los nombres más conocidos son Phuket, Ko Chang y Ko Tao -con acceso por aire desde Bangkok en líneas de bajo coste- pero hay decenas de lugares maravillosos. Así, Krabi, por ejemplo, es un paraíso de los deportes acuáticos y el submarinismo y mientras que Ko Samui tiene unas playas de ensueño y todavía mantiene cierto aire “hippy”. Los precios abarcan todos los rangos imaginables: hay hoteles de gran lujo con todo incluido, hostales modestos y también bungalows deliciosos protegidos por palmeras y a pie de playa. Tailandia, en definitiva, lo tiene todo.