Quedan muy pocas joyas por descubrir en el continente europeo, pero, sin lugar a dudas, una de las más notables es Albania. Sus cálidas y hospitalarias gentes, sus dramáticos paisajes montañosos, el agradable clima mediterráneo de sus costas, las playas de claras arenas y cristalinas aguas enamoran a primera vista. Los largos años de aislamiento en que se vio sumido el país durante el mandato de Enver Hoxha y su lento despertar a partir de la década de los noventa convirtieron a Albania en un lugar lejos de los destinos turísticos habituales, lo que no deja de ser una enorme ventaja para los que sepan disfrutar de la autenticidad de un país que por sus circunstancias históricas parece haber quedado al margen del mundo, viviendo a su propio ritmo.
Su fascinante capital, Tirana, es difícilmente descriptible. Una mezcla de edificios pintados con peculiares formas y colores (proyecto realizado por su vanguardista alcalde, Edi Rama, a comienzos del siglo actual), destartalados barrios de viviendas, extraños edificios de hormigón de la época comunista, parques que parecen bosques, magníficos ejemplos de arte de estilo realista socialista y unos pocos edificios históricos que se salvaron de la destrucción en la batalla de liberación de la ciudad a finales de la Segunda Guerra Mundial (como la exquisita mezquita Et’hem Bey, construida en el siglo XVIII) conforman una ciudad que es capaz de asombrar y provocar rechazo al mismo tiempo. Se necesita un tiempo para comprender esta caótica urbe, para lo que podemos comenzar dando un paseo por el centro observando a los niños deslizándose despreocupadamente por el peculiar edificio en forma de pirámide que antaño fue el museo de Enver Hoxha, los hombres que cambian divisas en cualquier esquina, los vendedores callejeros y los siempre apresurados oficinistas. No hay que comparar la vibrante y colorida Tirana con ninguna ciudad del mundo, pues se trata de una ciudad peculiar y única en su especie.
Fuera de la capital son numerosos los puntos de interés turístico: dramáticas fortalezas, castillos, ruinas históricas, playas paradisíacas, verdaderos museos vivientes de la cultura otomana… y, cómo no, los ya míticos bunkers regando todo el paisaje albanés cual setas incluso en los parajes más insólitos. Albania no deja indiferente a ningún visitante.
Albania también posee el inestimable atractivo de resultar realmente económico para el viajero europeo. Se pueden encontrar opciones de alojamiento realmente barato incluso en sitios cercanos a lo paradisíaco en pequeños pueblos de mar y de montaña (en las ciudades grandes y medianas, especialmente las de costa, está ligeramente sobrevalorado), podemos disfrutar de su rica gastronomía por precios económicos y el transporte público, además de asequible, llega a casi cualquier punto al que nos propongamos llegar. Viajar en transporte privado siempre da más libertad pero es una opción poco aconsejable en Albania debido al deficiente estado de las carreteras en muchos puntos y especialmente a la caótica conducción de los albaneses. No hay que olvidar que los automóviles son relativamente una novedad para los albaneses, pues durante la época socialista este era un lujo al que realmente muy pocos podían acceder, siendo la bicicleta el medio de transporte más popular. Incluso hoy en día centenares de bicicletas siguen circulando por todas las calles y carreteras del país, dándole aún un aspecto aún más pintoresco a paisajes urbanos y rurales.