Para mí Burgos es la ciudad de Mío Cid, es una ciudad literaria. Me imagino en ella, en plena Edad Media al joven Rodrigo exigiendo al Rey Alfonso VI que jure que no ha participado en la muerte de su hermano, que está limpio de toda conspiración y que su llegada al poder no está manchada e imagino también la rabia del soberano al ver esta insolencia y desparpajo. Imagino el destierro, tan emotivo y tan duro, con doce de los suyos, y el honor y fidelidad del hidalgo castellano.
Para mí, Burgos siempre ha estado ahí. Vivo en plena ruta del camino de Santiago, en Santo Domingo de la Calzada hay una línea regular de autobuses que cubre el trayecto entre Logroño y Burgos en una hora y media. Si en Logroño El Espolón es una amplísima plaza perfectamente cuadrada y distribuida, en Burgos, El Espolón, es un largo paseo de plátanos en el que nunca uno se cansa de pasear y de estar, sobre todo en verano. A un paso de él está la catedral, la catedral de Burgos. Impresionante.
¿Qué ver de la catedral? Siempre se ha dicho que la capilla de los Condestables es de lo mejor. El retablo es considerado de mucho valor. Corresponde a Diego de Siloé. A mí me impresionan sus torres, del siglo XV, alzándose sin medida hacia el cielo y su rosetón de la puerta principal. La entrada lateral es más expresiva. Está precedida de una enorme escalinata. Otro elemento de la catedral con identidad propia es el cimborrio. Fue construido por Juan de Vallejo, siglo XVI, los pilares sobre los que se levanta son enormes. Su decoración es exagerada y cubre todas sus superficies interiores y exteriores sin dejar el menor resquicio. Su singularidad radica en la mezcla de estilos gótico y renacentista.
Alfonso VIII y Leonor de Aquitania fundaron el Monasterio de las Huelgas. Su destino inicial era el de espacio vital y de culto de las monjas cisctercienses, pero pronto se convirtió en panteón real. Es de estilo gótico, tiene tres naves y cinco absides. Se notan influencias francesas.
Otro de los lugares emblemáticos de Burgos es la Cartuja de Miraflores. Gil de Siloé, padre de Diego de Siloé, fue el autor del sepulcro de Juan II e Isabel de Portugal. También es suyo el retablo de La Cartuja.
Como no todo va a ser visitar monumentos, que también hay que comer, por mi cabeza sobrevuela la morcilla de Burgos y el queso fresco, el de Burgos. Claro que a base de morcilla y queso no cubrimos las necesidades. Habrá que probar algún lechazo asado o alguna olla podrida. Si lo acompañamos con los ahora ya tan famosos vinos del Duero, nos quedará un menú perfecto para esta salida. Solo hay que encontrar un sitio en el que nos lo sirvan. Creo que el restaurante Arlanza, en la calle Córdoba, nº 4, puede ser una buena elección. Pero en las calles alrededor de la catedral hay un sinfín de opciones.