Más de doce poblaciones en Iberoamérica poseen el nombre de esta pequeña ciudad construida sobre un gran berrocal en la provincia de Cáceres, en España. Y es que Trujillo fue la ciudad donde nacieron Francisco de Pizarro y Francisco de Orellana, los cuales –o sus descendientes– rindieron homenaje a su ciudad en los territorios conquistados.
El municipio se encuentra, más o menos en el centro de la provincia de Cáceres, Extremadura, a unos 45 kilómetros de la capital de la provincia. Es la población principal del área o pedanía llamada Campo de Trujillo, y desde antiguo, la zona ha sido conocida por su actividad agropecuaria y ganadera.
Los alrededor de 10.000 habitantes de Trujillo pueden presumir de pasado histórico, pues ya los romanos poseían un asentamiento en la zona, dependiente de Emérita Augusta, al que llamaron Turgalium del que aún se conservan algunos restos. Con la caída del Imperio Romano llegaron los Visigodos, un pueblo bárbaro que no logró, pese a sus esfuerzos, acabar con la influencia grecolatina en Trujillo antes de que llegaran los siguientes conquistadores de Hispania.
Para los musulmanes, la ciudad continuó siendo un puesto importante y llegó a formar parte de uno de los reinos taifas. De hecho, a partir del siglo IX, se comenzó a construir en una pequeña colina que llaman Cabeza del Zorro, el Castillo de Trujillo, acabado en el siglo XII, ya bajo dominio cristiano, con el aporte de un segundo recinto amurallado o albacara en el siglo XV. Este castillo, de naturaleza militar, posee varias grandes torres para defender la fortaleza y aún conserva dos aljibes de la época árabe. Sin duda es el monumento de la ciudad, ya que se puede divisar a lo alto del cerro desde cualquier punto. Disfrutareis, sobre todo, de su vista desde la Plaza Mayor del pueblo.
En el siglo XII, el rey de Castilla, Jaime II, concedió la propiedad de Trujillo al señorío perteneciente a Fernando Rodríguez de Castro “el Castellano”. De esta época data la construcción de las murallas para proteger la ciudad que hoy todavía se conservan y de hecho rodean al barrio viejo de la villa, repleto de callejuelas al estilo medieval con rincones muy interesantes donde hacer algunas fotografías o degustar una buena comida. La muralla aún posee 17 torres y cuatro puertas o entradas de la siete originales. Sin duda ésta es una de las zonas de la ciudad más acogedoras y entrañables.
Cuando el rey Juan II de Castilla, le concedió el título de ciudad en 1430, Trujillo comenzó a crecer con una judería y la gran Plaza Mayor, ambas fuera de las murallas. La Plaza Mayor, en concreto, sirvió durante decenios para celebrar grandes fastos en honor a los que hacían las Américas, dos de ellos de gran importancia para el reino español, y no tanto para los conquistados: Francisco de Pizarro y Francisco de Orellana. De hecho, gobierna la plaza mayor una estatua ecuestre del propio Pizarro de grandes dimensiones. El conquistador también cuenta, en la que fue su casa, con un museo donde podemos conocerle mejor.
Trujillo se ha convertido, por toda la herencia histórico-artística en una de las ciudades medievales españolas más atractivas. Sin duda su casco antiguo, sobre todo el que está rodeado por la antigua muralla, la iglesia gótica de Santa María del siglo XIII y un buen número de palacetes y casas construidas durante el renacimiento hacen de esta población un lugar donde el tiempo parece haberse detenido.
A los viajeros, nos recomiendan en la página web del ayuntamiento que nada de visitas rápidas, todo lo contrario. Para conocer Trujillo, hay que andarlo pausadamente, parándonos en cada lugar que nos interese dejándonos envolver por el medievo.