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Siracusa

Artículo escrito por: Jesus Garzas

Vamos empezar este artículo por el principio, por el principio de Arquímedes.  Dice la leyenda que cuando el genial matemático griego lo descubrió, se hallaba en la bañera y de la emoción salió corriendo desnudo por las calles gritando ¡Eureka!... pues bien aquellas calles por las que corría no eran otras que las de Siracusa.

Esta ciudad es una de las joyas del sureste siciliano, llena de historia y de historias. Por muy evocador que fuese, no te deseamos que te encuentres  a un anciano corriendo desnudo por las calles, pero siendo como fue una de las ciudades más importantes en la antigua Grecia, hasta su conquista a manos de los romanos, no cabe duda que hay muchos vestigios de aquella época que merecen verse.

Empezaremos por tanto nuestro recorrido por la zona arqueológica de Neápolis en la que podemos encontrar, entre otras muchas cosas, un teatro griego en un muy buen estado de conservación y que sirvió a los grandes clásicos de la dramaturgia griega para estrenar allí sus obras. Da vértigo sentarse en sus gradas e imaginarse todo lo que se ha podido contemplar desde allí. Aunque probablemente si estas visitando esta área en verano, lo que sientas no sea vértigo, sino principio de insolación. El sol en Sicilia pega con ganas, por eso una de las visitas más apetecibles de este área la proporcionan las latomías, unas canteras de piedra caliza junto al teatro en las que se excavaron diferentes, y agradablemente frescas, grutas. La más famosa de todas es la Oreja de Dionisio.

Este curioso nombre se lo da su apariencia, y  como oreja que es, también se caracteriza por su acústica.  Cuenta la leyenda que el tirano  Dionisio la utilizaba como cárcel porque debido a esta particular acústica podía escuchar desde fuera lo que decían en su interior los presos. Otra versión más truculenta dice que excavó la cueva con estas características para que resonaran los gritos de los cautivos cuando eran torturados. Hay otra historia más que dice que allí estuvo encerrado Platón y que la utilizó como inspiración para su teoría de la caverna. Es pues este lugar un sitio para disfrutar con la vista y también para viajar con la imaginación a tiempos pasados.

Tras el parque arqueológico tendremos que coger transporte público o, para los amantes de los deportes de riesgo, practicar la conducción a la siciliana para llegar al otra área de interés turístico de Siracusa: la península de Ortigia que se encuentra a unos pocos kilómetros de distancia.

Ortigia es  el núcleo de población original donde se asentaron los corintios muchos siglos atrás, aunque sin embargo su aspecto es más típico del barroco siciliano que caracteriza a otras ciudades más modernas de la isla. Esto es debido a que a finales del siglo XVII sufrió un terremoto que hizo que tuviera que ser reconstruida casi por completo. Lo más interesante de la península es pasear por la sombra de sus callejones que destilan encanto y decadencia, asomarse a alguna de sus fuentes para refrescarse el cogote y descansar en la plaza de la catedral a la sombra de una de sus terrazas donde podrás degustar una refrescante granita (el granizado típico de allí) y, si tienes suerte como nosotros, echarte una risas a costa de la elegancia (también barroca) de los invitados a una boda siciliana.

Para acabar la jornada es más que recomendable dirigirse a la arboleda del paseo marítimo y sentarse en un banco, cámara en mano,  a contemplar un atardecer y el regreso de los barcos al puerto, acompañado del canto nervioso de los cientos de pájaros que se aventuran a  dejar  las ramas de los árboles para volar al encuentro de la noche.

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