Empezar el día desayunando unos suizos en Suiza, pasar la tarde compras en Alemania y cenar en un restaurante francés en Francia.
Esto no es la ajetreada agenda de un ejecutivo hiperactivo, sin embargo sí puede ser un tranquilo plan de domingo para un habitante de Basilea. Y es que lo primero que llama la atención de esta ciudad es su ubicación en la frontera de los tres países, que te permite visitarlos en menos en sesenta minutos a bordo de sus cómodos y puntuales tranvías. Reconozco que yo le hecho, sólo por la tontería de decir que recorro el mundo a tres naciones por hora.
Aparte de lo anecdótico de su situación, lo que más destaca de esta ciudad es su casco antiguo donde los lugares más bonitos probablemente son el edificio de arenisca roja que aloja el ayuntamiento en Marktplatz , y la catedral que vigila todo desde la orilla del Rin. Y es que mientras que la mayoría de las ciudades suizas presumen de lago, Basilea lo hace de río. Atravesado por varios puentes, de los cuales el Schifflände es el más céntrico, conocido y vistoso.
No muy lejos de allí se encuentra Barfüsserplatz, que se podría considerar el epicentro de la ciudad por ser el sitio con más bullicio dentro de la poca bulliciosa Basilea. En sus alrededores es fácil encontrar tiendas, pubs (tienes cita los martes en el Café des Arts), restaurantes y, en Navidad, allí mismo se aloja el tradicional mercadillo.
Esta ciudad hace gala de capital cultural como lo prueban sus más de cuarenta museos, aunque para ser sincero aunque viví allí durante algunos meses no hubo ninguno que me llamase especialmente la atención para hacerle una visita, si acaso el Tinguely, que muestra las obras de este original artista. Para el que no las conozca puede hacerse una idea contemplando la llamativa fuente que preside la plaza del teatro de Basilea.
Además de los museos, en Messeplatz se encuentra un palacio de exposiciones, por el que pasan todos los años importantes muestras de joyas, relojes y, por supuesto, arte. El evento más conocido, es Art Basel.
Pero Basilea es algo más que Basilea, puesto que algunas importantes ciudades como Zurich, Berna, Lucerna o Estrasburgo se encuentran en un radio cercano a los cien kilómetros. No hace falta alejarse tanto para visitar la conocida Selva Negra, un vecino bosque que se extiende hacia tierras alemanas.
Hay una variada oferta de restaurantes en esta ciudad, aunque como extranjero quizás el que más me llame la atención sea el Walliser Kane cerca de Barfüsserplatz donde sirven toda la variedad de platos típicos suizos, destacando obviamente su Raclette y su Fondue. Si se quiere probar una experiencia diferente entonces sugiero Blindekuh, un lugar donde reír con los amigos y del que no cuento más para no desvelar la sorpresa.
No puedo cerrar este artículo sin destacar algo de lo que las gentes de Basilea se muestran muy orgullosos (aparte de Roger Federer): su carnaval. Pues bien, que quede entre nosotros… no es para tanto. Ser ordenado y metódico es una gran ventaja para muchas cosas como el transporte público, pero convierte su carnaval en una procesión de Semana Santa donde los nazarenos han cambiado los capirotes por caretas y los cirios por tambores. .. eso sí, si descubren que eres extranjero, lo mismo se desmelenan y te tiran confeti.