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Personas que han estado en Fez

Medina de Fez

Artículo escrito por: Natalia Casado

Lo más sincero con uno mismo una vez se atraviesa una de las puertas de entrada a la Medina de Fez es guardar el mapa en el bolsillo y dejarnos llevar por su encanto medieval, pues con mapa o sin él perderse por sus callejuelas está asegurado.

Nada más entrar en esta inmensa medina (la más grande del mundo) es imposible no sentir un retroceso al pasado, no sólo por estar plagada de arquitectura de origen medieval  sino porque en ella todo parece seguir funcionando como antaño. Talleres de artesanos trabajando a puertas abiertas la madera o el metal, hombres tiñendo el cuero y lanas en piletas al aire libre, carniceros exhibiendo cabezas de camello en el exterior de sus diminutos locales, burros transportando bombonas de butano o carros con todo tipo de mercancías… Las calles de la medina son tan estrechas que la tracción animal (o humana) es la única forma de transportar cargas pesadas. No resulta sencillo relajarse en la medina: hombres avisando del paso de carros que nos obligaran casi a pegarnos a la pared, insistentes vendedores, hombres ofreciéndose como guías, niños que observan divertidos nuestra cara de perdidos…

Cuando, por fin la medina haya ganado el pulso y nos encontremos desbordados por sus intensos olores y sus claustrofóbicas callejuelas  y hayamos pasado veinte veces por el mismo punto sin comprender cómo lo hemos hecho si parecía que caminábamos en línea recta, una vez más el mapa no servirá para nada. La mejor solución en estos casos es preguntar a un local por la salida, que muy probablemente nos responderá con una gran sonrisa en la boca causada por nuestra ineptitud  por desenvolvernos en este laberinto que ellos conocen tan bien como la palma de su mano.

Una vez localizada la puerta de salida, nada como relajarse y disfrutar de un delicioso tajine en algún restaurante cercano a la Puerta Verde para recuperar fuerzas y así al día siguiente volver a retar a nuestro sentido de la orientación que hasta ahora considerábamos invencible. Y es que ciertamente la Medina de Fez tiene algo adictivo que nos hace volver una y otra vez y probablemente alargar nuestra estancia en esta mágica ciudad.

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